La desesperada situación económica en Venezuela está empujando a jóvenes a buscar nuevas formas de sustento en el mundo digital. En este contexto, un fenómeno alarmante ha surgido: las aplicaciones de «novias virtuales», que prometen ingresos altos y rápidos. Sin embargo, detrás de esta fachada de oportunidad laboral, expertas en derechos humanos alertan que estas plataformas son una máscara para redes de trata y explotación sexual.
Angélica, una joven de 23 años, se vio atraída por la promesa de ganar hasta $250 a la semana, un salario que superaba con creces los $35 que recibía en su empleo formal. El trabajo, que consiste en ofrecer compañía en línea, parecía la solución perfecta. Sin embargo, Angélica admite que para ganar dinero, debe cumplir con peticiones de los usuarios, como mostrar partes de su cuerpo. «Vale la pena porque no salgo de mi casa y gano hasta $250 por semana», confiesa, reflejando el dilema de muchas jóvenes que ven en estas aplicaciones una vía de escape de la pobreza.
A pesar de que su agencia le ha enseñado a protegerse, la joven desconfía de las promesas de los usuarios de llevarla a otro país. Esta cautela es vital, ya que estas agencias no siempre garantizan una seguridad total. Beatriz Borges, directora de la ONG Centro de Justicia y Paz (Cepaz), afirma que la trata de personas a través de estas aplicaciones se ha vuelto más visible, aunque los casos raramente se denuncian por miedo y el estigma social. Borges explica que la crisis humanitaria en Venezuela, con la pobreza y la falta de empleo, crea el terreno ideal para la captación de víctimas. A esto se suma el factor de la soledad, que los tratantes usan para manipular a las jóvenes.
Estefanía Mendoza, coordinadora de Mulier Venezuela, añade que estas ofertas están ligadas a modelos de explotación sexual. La estrategia es siempre la misma: ofrecer contacto con un hombre extranjero que promete estabilidad económica y la posibilidad de salir del país. Ambas expertas coinciden en que la responsabilidad no recae en las jóvenes, sino en las redes criminales y la falta de regulación. La cosificación del cuerpo de la mujer venezolana, reforzada por narrativas sociales, ha intensificado su sexualización, convirtiéndola en un objetivo fácil para los explotadores.
Borges y Mendoza señalan que la solución radica en la educación digital y social. «Si algo suena muy bien, hay que pensarlo dos veces y seguramente es falso», advierte Borges. Ambas insisten en que las empresas tecnológicas deben asumir su responsabilidad ética, invirtiendo en sistemas que detecten la trata y ofrezcan canales de denuncia efectivos. La historia de Angélica y la advertencia de las expertas demuestran que, aunque estas plataformas se presentan como una oportunidad, a menudo esconden riesgos significativos. La educación y la visibilidad de este problema son la única forma de proteger a las jóvenes que, en su búsqueda de un futuro mejor, podrían caer en una trampa de la que es difícil escapar.
Fuente: Pegaísima 91.7FM- Daimal Gómez Pasante de UBV – con información de 2001
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