La economía del «gig» o del trabajo por encargo ha ganado un impulso considerable en Venezuela, ofreciendo a miles una válvula de escape financiera en un contexto de escasez de empleo formal. Para muchos, las aplicaciones de delivery como Yummy y PedidosYa, de transporte como Ridery y Yummy Rides, o las plataformas para freelancers como Upwork, no son solo un complemento, sino la principal fuente de sus ingresos.
Este modelo atrae a la gente por su flexibilidad y la posibilidad de generar ingresos inmediatos. Los trabajadores pueden decidir cuándo, cómo y cuánto trabajan, lo que les permite adaptar sus horarios a sus necesidades personales y económicas.
Sin embargo, detrás de esta aparente libertad, se esconde una realidad más compleja. Los «trabajadores gig» son considerados contratistas independientes, una clasificación que los deja sin acceso a beneficios laborales fundamentales. A diferencia de un empleado tradicional, no tienen derecho a vacaciones pagadas, seguro de salud, seguridad social o un salario mínimo garantizado. Una encuesta de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha señalado que una gran parte de estos trabajadores no está cubierta por la seguridad social, lo que los deja en una situación de alta vulnerabilidad.
Esta dualidad es la esencia del trabajo «gig» en Venezuela. Por un lado, es una tabla de salvación para quienes luchan por llegar a fin de mes. Por otro, crea una fuerza laboral desprotegida que navega en un océano de riesgos e incertidumbre. La economía del «gig» no es solo un modelo de negocio innovador; es un reflejo de la precaria situación laboral del país, ofreciendo una solución que, si bien es vital para la subsistencia de muchos, también presenta desafíos significativos para su futuro y bienestar.
Fuente: Pegaísima 91.7FM- Daimal Gómez Pasante de UBV – con información de 2001
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